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Súplica de una madre de consumidor de drogas

04/04/2019



¡Gracias, Dios!

¡Gracias, Maestro Jesús, por las manos que extienden el alimento, para aquellos que están en las calles, olvidados de las familias, olvidados de sus amores!

Cuando encarnada, recibí, como programación, seres que yo debería encaminar para una vida correcta y una moral elevada.

Muy temprano, aún niño, el Consolador Prometido me fue presentado, pero hallaba aquellas enseñanzas muy débiles, que no correspondían a mis anhelos.

Casada, tuve mis hijos que, mientras encarnada, creía que eran la fuente de mis sufrimientos. Recibí en mi vientre una víctima de mis errores pasados, que pronto entró en las drogas y yo, por no recordar que me fue ofrecida la doctrina reveladora, intenté suicidarme más de una vez, queriendo huir de la prueba que yo misma había escogido para mí, creyendo que ese hijo era la fuente de mi dolor. Ignorante que era, no percibí que él era la puerta de mi cura, la solución de mis problemas.

Después del tiempo, desencadené. No por el suicidio, sino por las consecuencias de él. Hoy, cuando veo a las hermanas entrando por aquel corredor oscuro, yo veo a mi hijo allí y ustedes haciendo un trabajo que competía a mí, como, en pocas palabras, hablar de Jesús, mostrar que existe bondad humana, que no están olvidados. Ofrecen el alimento que les sustentará el cuerpo, les dan las condiciones dignas a través de los productos de higiene, visten los cuerpos expuestos a la humillación.

Yo pido a Dios que mi hijo esté siempre allí cuando ustedes lleguen, pero a veces lo veo huir avergonzado, porque no posee la fuerza necesaria para encarar su vida, puesto que yo, como madre, fui débil.

Una vez más, pido a los hermanos que lo traigan para participar del círculo de Luz que momentáneamente se extiende a todos ellos, cuando ustedes hacen este trabajo, y que él sea tocado. No sé si tendrá fuerzas para eso, pero es un refrigerio para las almas de todos ellos. Si mi hijo no puede estar allí, me uno a las otras madres para que, en algún momento, haya el despertar de sus hijos.

Cada vez que las hermanas entran en el valle de las drogas, es la Navidad que llega para aquellos hermanos alejados de la familia, de la sociedad y de la dignidad.

¡Gracias, Maestro Jesús!

Que en la próxima encarnación yo reciba a ese hijo en mi vientre y haga de él un ser digno de llamarse "hijo de Dios".

¡Gracias, mi buen Dios!

¡Gracias!

 

Madre de un consumidor de drogas

GESH – 07/12/2018 – Vitória, ES – Brasil




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